De Una
noche de invierno, 1974.
SON LAS
SEIS Y CUARTO.
EL día
es un papel en
blanco
donde se
imprimen
enrevesados
signos
con tinta indeleble.
Todas las
mañanas
miro la
complicada estructura
que dejé
sin terminar
ayer,
releo lo
inteligible,
tacho lo inútil
y añado
lo que por no
entender
no escribí.
Y con una
luminaria en la mano
indagando
entre la
complicada jungla
del idioma,
vestida
de tigre en
acecho,
evito la trampa
urdida en la maleza
con una red de
soga
hilada
por brujas
ancestrales
y robo la fruta
madura
que ayer
era verde y
amarga,
la muerdo,
dulcísima
y me embriago,
mientras sobre
el papel
la mano de hoy
traza
enmarañados signos
con tinta
indeleble.
SON LAS
SEIS Y MEDIA.
DENTRO de cincuenta
años,
quién pasará por
esta calle,
quién vivirá en
esta casa,
qué viento
arrastrará
la tierra de mi
vida y a qué sitio,
qué niño de dos
años
que hoy se
mancha de barro en el Retiro
se sentirá ya
viejo y muy cansado,
cómo serán sus
hijos
y si sabrán
jugar al aire libre,
en qué lugar
continuará
plantado el último castaño,
y ese mercado
donde compro
tendrá razón de
existir,
y si hablará la
gente
y cómo irá
vestida,
si me recordará
Juanito el panadero,
con setenta años
a cuestas,
se cocerá el pan
dorado cada día,
existirá esta
casa,
este patio
encalado,
quién leerá
estos libros,
estos libros.
SON LAS
SIETE MENOS CUARTO.
EN aquel tiempo
había
atardeceres de música y palomas,
cielos que se
alejaban
en nubes rosa.
En aquel tiempo
jugaban niños en
los jardines
y no contaban
relojes.
El aire se
paraba en cada esquina
cual un perro
amistoso,
siempre cediendo
el paso.
Se iban las
luces encendiendo a grados
y lentamente,
pensativos,
volvíamos de
noche a nuestros libros,
a la
conversación de los amigos,
y hablábamos del
porvenir
y del pasado.
En aquel tiempo
había luna,
una gran luna
clara
que entraba como
un río
por las calles,
Iluminaba
sueños,
y nuestra vida
estaba
esperando el
mañana.
SON LAS
OCHO MENOS CUARTO.
MI alma
no es un paisaje
exquisito
con músicas al
modo menor
ni amor
vencedor,
ni vida
oportuna,
oh Verlaine,
es un muro
cerrado,
es una vieja
puerta
con grises velos
de telarañas
que alguien
nutre de clavos
por de fuera.
Cómo duelen
al traspasar
hiriendo
la madera.
Mi alma es una
lápida olvidada
donde persisten
sólo algunas
letras;
las fechas se
borraron,
pues los
recuerdos
gratos o
dolorosos
nada significan
consumados se
han
formando un solo
cuerpo,
la puerta,
la puerta
cerrada.
Y este cielo
gris,
este sombrío
atardecer
todos los días,
todos los días.
SON LAS
OCHO.
LO mejor sería
no tener alma,
ser como un
vegetal
que se moviera.
Sí, lo mejor
sería.
El mundo es
demasiado grande
para abarcarlo
todo
y resolver uno
por uno
sus problemas.
Y todos se
ahogan en el pozo
del alma.
Los más son
propios,
otros ajenos,
a veces
cósmicos, universales,
otros pequeños,
pero sin
solución.
Sí, lo mejor
sería
no tener alma.
Para no sentirse
obligada
a resolver
esas incógnitas
del sentimiento.
Porque quién la
convence
de que hay que
vivir tranquila
pase lo que pase
a otros
y que sólo
importan
verdaderamente
los problemas
propios.
SON LAS
OCHO y CUARTO.
HUELLAS de
presencias
guarda
el aire oscuro
de la habitación.
No entréis.
En el espejo
quedó
la sombra
de un hecho
trágico,
y enfoca al
suelo
sobre la polvorienta
alfombra
donde cayó
igual a una
campana fundida,
una campana
quemada.
Cada rincón,
el lecho,
guarda el
secreto
de intimidades
dramáticas,
el grito
sofocado,
la caricia.
La afrenta está
sentada
en un sillón a
contraluz.
No entréis.
Cada minuto,
cada milímetro
de este universo
es un enigma
antiguo.
SON LAS OCHO Y MEDIA
COMO suena el
teléfono,
cuando nadie lo
escucha,
cómo suena.
Desde el primer
timbrazo
ya se sabe qué
ausencia,
qué innúmera
presencia de frustrados
deseos y
señales.
Qué indiferente
tono del espacio vacío,
cosas
adormecidas,
sillones con la
huella
que había dejado
un cuerpo.
Se asustan los
futuros,
los pasados,
el presente
huye de esquina
a esquina
tapándose los
tímpanos,
moviendo las
cortinas y llenando
de vaho
angustioso
los cristales.
Su eco repiten
espantados espejos,
indiferentes
lámparas oscuras.
Cómo suena,
agranda su
repique como loca campana,
y en un acorde
alto
se calla,
defraudado,
impotente,
y un destino se
queda,
hilo roto,
flotando sin
objeto en el aire.
SON LAS NUEVE
¿LLEGO?
Más bien
apareció vacío
en la luz de la
puerta
como una sombra
ausente,
como un ayer
intruso
que tallaba
cuchillos en el rostro.
¿Volvió?
Tal vez fuera su
doble
elaborado en
sueños:
Un uniforme
hueco,
sudor, correaje
flojo y un bulto
en la mano,
acaso en el hombro.
¿Regresó?
Sólo regresa el
que una vez
partió hacia
dónde,
la guerra o el
exilio,
y vuelve intacto
con su alma a cuestas
a recobrar el
tiempo perdido.
No preguntes ya
más.
Así el soldado
dejó el bulto a
la entrada,
abrazó a sus
extraños,
se sentó ante la
mesa
y se quedó
mirando al frente,
ya de por vida
con sus ojos sin
mundo,
al frente,
siempre al frente.
SON LAS DIEZ MENOS CUARTO
LO mejor de mí
fue todo lo que
no llegó a ser.
Lo mejor de mí
fue lo que no he
vivido
o no tuve valor
de revelar,
sí la desdicha
de ocultar
por no saber
que aquello era
lo mejor de mí.
Extraña
confusión la de la vida,
cuantos más años
pasan
más profunda.
¡La
experiencia!
Decían los
mayores
cuando yo niña.
Pobres gentes
que hablaban
sin saber qué
decían.
La experiencia
no existe,
pues los hechos
no son
nunca los
mismos.
Y ahora,
que tengo el
porvenir ya puesto,
vuelvo la vista
atrás
y me asombro
de que el
intenso bloque de la vida
haya pasado
y sólo sepa que
lo mejor de mí
fue todo lo que
no fue.
SON LAS ONCE MENOS CUARTO
HOY he ordenado
los armarios
de la casa.
Cambié de lugar
el aderezo
de la bisabuela,
volví a doblar
la colcha
de la abuela,
y conmovida
acaricié
la sábana
bordada por mi madre.
Después de
alinear
amorosamente
camisas
de mi marido,
tan
simétricamente dobladas
y blancas,
y de haber
puesto mis guantes
en otra caja,
no encontré
por ninguna
parte,
por ninguna
parte,
a pesar de
haberlo revuelto todo,
de haberlo
desordenado
y vuelto a
ordenarlo todo,
todo,
no encontré
—¿quién me los
habrá robado?—
ni los pañuelos
de mis hijos,
ni los vestidos
de mis hijas,
ni los juguetes
de mis nietos.
SON LAS ONCE
LA hija que no
tengo
y la madre que
no tuve
se entienden
mejor que
conmigo.
En esta misma
habitación,
sus dos cabezas
casi juntas
bajo la luz de
la lámpara,
la una rubia,
la otra blanca,
conversan en voz
baja.
No puedo
adivinar lo que se dicen,
sin duda hablan
de mí,
la extraña.
Qué pueden ellas
reprocharme.
Que no soy fácil
de entender,
que me
impacienta su conversación,
que fuera de ellas
vivo,
inasequible y
rara.
Mi hermana se
acerca,
quiere aportar
su opinión
y sólo sabe
llorar su desgracia.
Nada me pueden
reprochar
si entre las
tres me conformaron
como ahora soy:
la extraña.
SON LAS ONCE Y CUARTO
Y
eso de marcharse sin saber,
después
de
haber intentado
descifrar
tantos símbolos,
acumular
datos
y
estudiar
relaciones
y consecuencias,
de
irse por la misma puerta
de
la carne acabada
dejando
el lujoso equipaje
que
se nos dio al nacer
gastado.
Pero
faltaban tantas cosas.
Se
nos dieron relojes
para
medir el tiempo,
pero
éste se contaba sin máquinas,
por
dichas e infortunios.
Se
nos dieron palabras
que
sólo servían para encubrir
la
extrema confusión
en
que se realiza
cada
existencia.
Se
nos dio noche y día,
luz
y sombra,
sueño
y vigilia,
la
facultad de amar,
de
callar
y
de odiar
o
de permanecer indiferente,
la
belleza,
el
horror.
Y
esto de marcharse,
solo,
sin
saber...
SON LAS ONCE Y MEDIA
LOS
autobuses del aeropuerto
estacionan
al pie de mi casa
en
el patio interior
de
la manzana.
Ahora
los veo desde arriba,
pues
están desmontando el tejado,
grises
y blancos,
uno
junto a otro,
abrigándose,
mientras
las heladas
caen
sobre el techo.
Y
las ventanillas
por
donde los viajeros miran
—cuántos
miles y miles de viajeros—
el
paisaje que van dejando
Muchos
melancólicos adioses
se
habrán quedado ahí.
Yo siento también
una
pequeña nostalgia
del
viaje que no he hecho a Vancouver,
porque
no hay duda de que alguien
que
viajó en uno de esos autobuses
llegó
después a Vancouver
entre
los bosques,
abetos,
pinos, hayas, abedules,
y
mucho frío,
caminos
en la nieve
entre
las casas de madera
habitadas
por personajes de mi niñez,
de
esos que corren aventuras
en
las novelas
de
James Oliver Curwood.
Hoy
siento gran nostalgia,
como
si aún no hubiera regresado
del
viaje que no he hecho a Vancouver.
No hay comentarios:
Publicar un comentario