miércoles, 16 de octubre de 2013

Antología de poemas de Concha de Marco IV

De Una noche de invierno, 1974.

SON LAS SEIS Y CUARTO.

EL día
es un papel en blanco
donde se imprimen
enrevesados signos
con tinta indeleble.

Todas las mañanas
miro la complicada estructura
que dejé
sin terminar ayer,
releo lo inteligible,
tacho lo inútil
y añado
lo que por no entender
no escribí.

Y con una luminaria en la mano
indagando
entre la complicada jungla
del idioma,
vestida
de tigre en acecho,
evito la trampa urdida en la maleza
con una red de soga
hilada
por brujas ancestrales
y robo la fruta madura
que ayer
era verde y amarga,
la muerdo,
dulcísima
y me embriago,
mientras sobre el papel
la mano de hoy
traza enmarañados signos
con tinta indeleble.

SON LAS SEIS Y MEDIA.

DENTRO de cincuenta años,
quién pasará por esta calle,
quién vivirá en esta casa,
qué viento arrastrará
la tierra de mi vida y a qué sitio,
qué niño de dos años
que hoy se mancha de barro en el Retiro
se sentirá ya viejo y muy cansado,
cómo serán sus hijos
y si sabrán jugar al aire libre,
en qué lugar
continuará plantado el último castaño,
y ese mercado donde compro
tendrá razón de existir,
y si hablará la gente
y cómo irá vestida,
si me recordará Juanito el panadero,
con setenta años a cuestas,
se cocerá el pan dorado cada día,
existirá esta casa,
este patio encalado,
quién leerá estos libros,
estos libros.

SON LAS SIETE MENOS CUARTO.

EN aquel tiempo
había atardeceres de música y palomas,
cielos que se alejaban
en nubes rosa.
En aquel tiempo
jugaban niños en los jardines
y no contaban relojes.

El aire se paraba en cada esquina
cual un perro amistoso,
siempre cediendo el paso.
Se iban las luces encendiendo a grados
y lentamente,
pensativos,
volvíamos de noche a nuestros libros,
a la conversación de los amigos,
y hablábamos del porvenir
y del pasado.

En aquel tiempo
había luna,
una gran luna clara
que entraba como un río
por las calles,
Iluminaba sueños,
y nuestra vida estaba
esperando el mañana.

SON LAS OCHO MENOS CUARTO.

MI alma
no es un paisaje exquisito
con músicas al modo menor
ni amor vencedor,
ni vida oportuna,
oh Verlaine,
es un muro cerrado,
es una vieja puerta
con grises velos
de telarañas
que alguien
nutre de clavos por de fuera.

Cómo duelen
al traspasar hiriendo
la madera.

Mi alma es una lápida olvidada
donde persisten
sólo algunas letras;
las fechas se borraron,
pues los recuerdos
gratos o dolorosos
nada significan
consumados se han
formando un solo cuerpo,
la puerta,
la puerta cerrada.

Y este cielo gris,
este sombrío atardecer
todos los días,
todos los días.
SON LAS OCHO.


LO mejor sería no tener alma,
ser como un vegetal
que se moviera.

Sí, lo mejor sería.

El mundo es demasiado grande
para abarcarlo todo
y resolver uno por uno
sus problemas.
Y todos se ahogan en el pozo
del alma.

Los más son propios,
otros ajenos,
a veces cósmicos, universales,
otros pequeños,
pero sin solución.

Sí, lo mejor sería
no tener alma.

Para no sentirse obligada
a resolver
esas incógnitas del sentimiento.
Porque quién la convence
de que hay que vivir tranquila
pase lo que pase a otros
y que sólo importan
verdaderamente
los problemas propios.

SON LAS OCHO y CUARTO.


HUELLAS de presencias
guarda
el aire oscuro de la habitación.

No entréis.
En el espejo quedó
la sombra
de un hecho trágico,
y enfoca al suelo
sobre la polvorienta alfombra
donde cayó
igual a una campana fundida,
una campana quemada.

Cada rincón,
el lecho,
guarda el secreto
de intimidades dramáticas,
el grito sofocado,
la caricia.

La afrenta está sentada
en un sillón a contraluz.

No entréis.
Cada minuto,
cada milímetro
de este universo es un enigma
antiguo.

SON LAS OCHO Y MEDIA

COMO suena el teléfono,
cuando nadie lo escucha,
cómo suena.

Desde el primer timbrazo
ya se sabe qué ausencia,
qué innúmera presencia de frustrados
deseos y señales.
Qué indiferente tono del espacio vacío,
cosas adormecidas,
sillones con la huella
que había dejado un cuerpo.

Se asustan los futuros,
los pasados,
el presente
huye de esquina a esquina
tapándose los tímpanos,
moviendo las cortinas y llenando
de vaho angustioso
los cristales.

Su eco repiten espantados espejos,
indiferentes lámparas oscuras.

Cómo suena,
agranda su repique como loca campana,
y en un acorde alto
se calla,
defraudado,
impotente,
y un destino se queda,
hilo roto,
flotando sin objeto en el aire.

SON LAS NUEVE

¿LLEGO?
Más bien apareció vacío
en la luz de la puerta
como una sombra ausente,
como un ayer intruso
que tallaba cuchillos en el rostro.

¿Volvió?
Tal vez fuera su doble
elaborado en sueños:
Un uniforme hueco,
sudor, correaje flojo y un bulto
en la mano, acaso en el hombro.

¿Regresó?
Sólo regresa el que una vez
partió hacia dónde,
la guerra o el exilio,
y vuelve intacto con su alma a cuestas
a recobrar el tiempo perdido.

No preguntes ya más.
Así el soldado
dejó el bulto a la entrada,
abrazó a sus extraños,
se sentó ante la mesa
y se quedó mirando al frente,
ya de por vida
con sus ojos sin mundo,
al frente, siempre al frente.

SON LAS DIEZ MENOS CUARTO

LO mejor de mí
fue todo lo que no llegó a ser.

Lo mejor de mí
fue lo que no he vivido
o no tuve valor de revelar,
sí la desdicha de ocultar
por no saber
que aquello era lo mejor de mí.

Extraña confusión la de la vida,
cuantos más años pasan
más profunda.

¡La experiencia!
Decían los mayores
cuando yo niña.
Pobres gentes que hablaban
sin saber qué decían.
La experiencia no existe,
pues los hechos no son
nunca los mismos.

Y ahora,
que tengo el porvenir ya puesto,
vuelvo la vista atrás
y me asombro
de que el intenso bloque de la vida
haya pasado
y sólo sepa que lo mejor de mí
fue todo lo que no fue.

SON LAS ONCE MENOS CUARTO


HOY he ordenado los armarios
de la casa.

Cambié de lugar el aderezo
de la bisabuela,
volví a doblar la colcha
de la abuela,
y conmovida acaricié
la sábana bordada por mi madre.

Después de alinear
amorosamente
camisas
de mi marido,
tan simétricamente dobladas
y blancas,
y de haber puesto mis guantes
en otra caja,
no encontré
por ninguna parte,
por  ninguna  parte,
a pesar de haberlo revuelto todo,
de haberlo desordenado
y vuelto a ordenarlo todo,
todo,
no encontré
—¿quién me los habrá robado?—
ni los pañuelos de mis hijos,
ni los vestidos de mis hijas,
ni los juguetes de mis nietos.

SON LAS ONCE


LA hija que no tengo
y la madre que no tuve
se entienden
mejor que conmigo.

En esta misma habitación,
sus dos cabezas casi juntas
bajo la luz de la lámpara,
la una rubia,
la otra blanca,
conversan en voz baja.

No puedo adivinar lo que se dicen,
sin duda hablan de mí,
la extraña.

Qué pueden ellas reprocharme.
Que no soy fácil de entender,
que me impacienta su conversación,
que fuera de ellas vivo,
inasequible y rara.

Mi hermana se acerca,
quiere aportar su opinión
y sólo sabe llorar su desgracia.

Nada me pueden reprochar
si entre las tres me conformaron
como ahora soy:
la extraña.

SON LAS ONCE Y CUARTO

Y eso de marcharse sin saber,
después
de haber intentado
descifrar tantos símbolos,
acumular datos
y estudiar
relaciones y consecuencias,
de irse por la misma puerta
de la carne acabada
dejando el lujoso equipaje
que se nos dio al nacer
gastado.
Pero faltaban tantas cosas.

Se nos dieron relojes
para medir el tiempo,
pero éste se contaba sin máquinas,
por dichas e infortunios.
Se nos dieron palabras
que sólo servían para encubrir
la extrema confusión
en que se realiza
cada existencia.
Se nos dio noche y día,
luz y sombra,
sueño y vigilia,
la facultad de amar,
de callar
y de odiar
o de permanecer indiferente,
la belleza,
el horror.

Y esto de marcharse,
solo,
sin saber...
SON LAS ONCE Y MEDIA

LOS autobuses del aeropuerto
estacionan al pie de mi casa
en el patio interior
de la manzana.
Ahora los veo desde arriba,
pues están desmontando el tejado,
grises y blancos,
uno junto a otro,
abrigándose,
mientras las heladas
caen sobre el techo.
Y las ventanillas
por donde los viajeros miran
—cuántos miles y miles de viajeros—
el paisaje que van dejando
Muchos melancólicos adioses
se habrán quedado ahí.

Yo siento también
una pequeña nostalgia
del viaje que no he hecho a Vancouver,
porque no hay duda de que alguien
que viajó en uno de esos autobuses
llegó después a Vancouver
entre los bosques,
abetos, pinos, hayas, abedules,
y mucho frío,
caminos en la nieve
entre las casas de madera
habitadas por personajes de mi niñez,
de esos que corren aventuras
en las novelas
de James Oliver Curwood.

Hoy siento gran nostalgia,
como si aún no hubiera regresado

del viaje que no he hecho a Vancouver.

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