miércoles, 16 de octubre de 2013

Antología de poemas de Concha de Marco II

De Acta de identificación, 1969.

AMANECER

Por las calles de Soria canta la lluvia
y arranca del asfalto fugitivos espejos.
Hiela sobre los sueños.
Cristalizan las sombras de la mañana.
Un carro, lento, pasa. El hombre
—gorrilla y tapabocas, traje negro de pana—
conduce tristemente, caminando sin prisa.
Rápida y laboriosa suena una campana.
Huelen humos lejanos en el monte.
Algún pájaro pía, mañanero.
Abro el balcón; amanece de nuevo.
El día pasado se va alejando por cualquier camino,
arrastrando los pies.
Y allá abajo, encajado en sí mismo, el hondo Duero,
espeso en limo, con sus juncos secos,
ajeno a la llamada del mundo
que el viento ondea por la orilla,
extrae de la tierra la última sustancia del verano.
refleja el esqueleto de los chopos y se pierde
desnudo y solo por su cauce áspero.

CENTINELA

Qué miedo por la noche,
sobre la tensa tabla del río.
Los pájaros callados, aúlla un perro lejano
—la rana cra-cra,
el grillo cri-cri—
y el viento en su caja guardado.
Qué miedo por la noche.
Los fantasmas espían en sus nidos.
Los ojos de las hojas se han cerrado de sueño
—la rana cra-cra,
el grillo cri-cri—
y el frío ocupando los huecos.
Qué miedo por la noche.
El agua espesa como el mercurio.
Ahogados navegando a ras del fondo
—la rana cra-cra,
el grillo cri-cri—
a romper a los pies de San Saturio.

LA HUERTA

Esta es la huerta de la orilla del Duero,
en el Golmayo, entronque de ambos ríos,
esparcida de verde en primavera,
anegada en las lluvias del invierno,
con un furioso perro atado a un árbol viejo
y una casa de tejas destrozadas
donde anidan jilgueros y palomas.
En el muro del sur, y protegido
por el calor del sol al mediodía,
se apoya un gran montón de ramas secas.
En el frente, residuos de las cosas más extrañas:
Una cazuela rota, ruedas de ya perdida geometría,
un zapato de niño, acartonado, pero, junto a la puerta,
pulida y reluciente, la guadaña.

IV

Nunca he llamado a puertas,
nada voy pidiendo.
Si algo me dan,
con gratitud y fidelidad lo pago.
Nunca mendigué amor,
nadie me revolcó en cualquier esquina,
no sé lo que es un lecho amancebado
ni mendigué amistad ni beneficio.
Voy caminando siempre entre murallas
como los asesinos o los locos,
apátrida de todos los países,
extranjera en la tierra en que nací,
sólo me queda mi raíz antigua.

Mi abuelo paterno, Manuel, pastor,
nació en Baltanás,
a los veinte años aprendió a leer.
Los ojos de los lobos
refulgían de noche cuando niño,
acechando al rebaño en el aprisco.
Su mujer. Juana Santamaría,
de saya negra, de cara enjuta,
la más digna que conocí en mi vida.
Hablaba poco. Me enseñó a hacer calceta
con dos horquillas y una lana verde.

Mi abuelo paterno, Elías, alto y gallardo,
el salinero de Medinaceli.
La otra abuela Concha se llamaba,
tuvo doce hijos, salón con consola,
sillas tapizadas de púrpura y raso.

Mi padre, Mariano, de junto al Esgueva,
logró salir de la tierra,
darnos carrera a tres hijos
en una casa como un campamento,
morir solo, pobre, lleno de amargura.
Y mi madre, Concha, nació en Soria,
me dio a luz a los veintitrés años

y murió llorando dos años después.

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