De Acta
de identificación, 1969.
AMANECER
Por
las calles de Soria canta la lluvia
y
arranca del asfalto fugitivos espejos.
Hiela
sobre los sueños.
Cristalizan
las sombras de la mañana.
Un
carro, lento, pasa. El hombre
—gorrilla
y tapabocas, traje negro de pana—
conduce
tristemente, caminando sin prisa.
Rápida
y laboriosa suena una campana.
Huelen
humos lejanos en el monte.
Algún
pájaro pía, mañanero.
Abro
el balcón; amanece de nuevo.
El
día pasado se va alejando por cualquier camino,
arrastrando
los pies.
Y
allá abajo, encajado en sí mismo, el hondo Duero,
espeso
en limo, con sus juncos secos,
ajeno
a la llamada del mundo
que
el viento ondea por la orilla,
extrae
de la tierra la última sustancia del verano.
refleja
el esqueleto de los chopos y se pierde
desnudo
y solo por su cauce áspero.
CENTINELA
Qué miedo por la
noche,
sobre la tensa
tabla del río.
Los pájaros
callados, aúlla un perro lejano
—la rana cra-cra,
el grillo
cri-cri—
y el viento en
su caja guardado.
Qué miedo por la
noche.
Los fantasmas
espían en sus nidos.
Los ojos de las
hojas se han cerrado de sueño
—la rana
cra-cra,
el grillo
cri-cri—
y el frío
ocupando los huecos.
Qué miedo por la
noche.
El agua espesa
como el mercurio.
Ahogados
navegando a ras del fondo
—la rana
cra-cra,
el grillo
cri-cri—
a romper a los
pies de San Saturio.
Esta es la
huerta de la orilla del Duero,
en el Golmayo,
entronque de ambos ríos,
esparcida de
verde en primavera,
anegada en las
lluvias del invierno,
con un furioso
perro atado a un árbol viejo
y una casa de
tejas destrozadas
donde anidan
jilgueros y palomas.
En el muro del
sur, y protegido
por el calor del
sol al mediodía,
se apoya un gran
montón de ramas secas.
En el frente,
residuos de las cosas más extrañas:
Una cazuela
rota, ruedas de ya perdida geometría,
un zapato de
niño, acartonado, pero, junto a la puerta,
pulida y
reluciente, la guadaña.
IV
Nunca he llamado
a puertas,
nada voy
pidiendo.
Si algo me dan,
con gratitud y
fidelidad lo pago.
Nunca mendigué
amor,
nadie me revolcó
en cualquier esquina,
no sé lo que es
un lecho amancebado
ni mendigué
amistad ni beneficio.
Voy caminando
siempre entre murallas
como los
asesinos o los locos,
apátrida de todos
los países,
extranjera en la
tierra en que nací,
sólo me queda mi
raíz antigua.
Mi abuelo
paterno, Manuel, pastor,
nació en
Baltanás,
a los veinte
años aprendió a leer.
Los ojos de los
lobos
refulgían de
noche cuando niño,
acechando al
rebaño en el aprisco.
Su mujer. Juana
Santamaría,
de saya negra,
de cara enjuta,
la más digna que
conocí en mi vida.
Hablaba poco. Me
enseñó a hacer calceta
con dos
horquillas y una lana verde.
Mi abuelo
paterno, Elías, alto y gallardo,
el salinero de
Medinaceli.
La otra abuela
Concha se llamaba,
tuvo doce hijos,
salón con consola,
sillas tapizadas
de púrpura y raso.
Mi padre,
Mariano, de junto al Esgueva,
logró salir de
la tierra,
darnos carrera a
tres hijos
en una casa como
un campamento,
morir solo,
pobre, lleno de amargura.
Y mi madre,
Concha, nació en Soria,
me dio a luz a
los veintitrés años
y murió llorando
dos años después.
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