lunes, 11 de noviembre de 2013
miércoles, 16 de octubre de 2013
Antología de poemas de Concha de Marco IV
De Una
noche de invierno, 1974.
SON LAS
SEIS Y CUARTO.
EL día
es un papel en
blanco
donde se
imprimen
enrevesados
signos
con tinta indeleble.
Todas las
mañanas
miro la
complicada estructura
que dejé
sin terminar
ayer,
releo lo
inteligible,
tacho lo inútil
y añado
lo que por no
entender
no escribí.
Y con una
luminaria en la mano
indagando
entre la
complicada jungla
del idioma,
vestida
de tigre en
acecho,
evito la trampa
urdida en la maleza
con una red de
soga
hilada
por brujas
ancestrales
y robo la fruta
madura
que ayer
era verde y
amarga,
la muerdo,
dulcísima
y me embriago,
mientras sobre
el papel
la mano de hoy
traza
enmarañados signos
con tinta
indeleble.
SON LAS
SEIS Y MEDIA.
DENTRO de cincuenta
años,
quién pasará por
esta calle,
quién vivirá en
esta casa,
qué viento
arrastrará
la tierra de mi
vida y a qué sitio,
qué niño de dos
años
que hoy se
mancha de barro en el Retiro
se sentirá ya
viejo y muy cansado,
cómo serán sus
hijos
y si sabrán
jugar al aire libre,
en qué lugar
continuará
plantado el último castaño,
y ese mercado
donde compro
tendrá razón de
existir,
y si hablará la
gente
y cómo irá
vestida,
si me recordará
Juanito el panadero,
con setenta años
a cuestas,
se cocerá el pan
dorado cada día,
existirá esta
casa,
este patio
encalado,
quién leerá
estos libros,
estos libros.
SON LAS
SIETE MENOS CUARTO.
EN aquel tiempo
había
atardeceres de música y palomas,
cielos que se
alejaban
en nubes rosa.
En aquel tiempo
jugaban niños en
los jardines
y no contaban
relojes.
El aire se
paraba en cada esquina
cual un perro
amistoso,
siempre cediendo
el paso.
Se iban las
luces encendiendo a grados
y lentamente,
pensativos,
volvíamos de
noche a nuestros libros,
a la
conversación de los amigos,
y hablábamos del
porvenir
y del pasado.
En aquel tiempo
había luna,
una gran luna
clara
que entraba como
un río
por las calles,
Iluminaba
sueños,
y nuestra vida
estaba
esperando el
mañana.
SON LAS
OCHO MENOS CUARTO.
MI alma
no es un paisaje
exquisito
con músicas al
modo menor
ni amor
vencedor,
ni vida
oportuna,
oh Verlaine,
es un muro
cerrado,
es una vieja
puerta
con grises velos
de telarañas
que alguien
nutre de clavos
por de fuera.
Cómo duelen
al traspasar
hiriendo
la madera.
Mi alma es una
lápida olvidada
donde persisten
sólo algunas
letras;
las fechas se
borraron,
pues los
recuerdos
gratos o
dolorosos
nada significan
consumados se
han
formando un solo
cuerpo,
la puerta,
la puerta
cerrada.
Y este cielo
gris,
este sombrío
atardecer
todos los días,
todos los días.
SON LAS
OCHO.
LO mejor sería
no tener alma,
ser como un
vegetal
que se moviera.
Sí, lo mejor
sería.
El mundo es
demasiado grande
para abarcarlo
todo
y resolver uno
por uno
sus problemas.
Y todos se
ahogan en el pozo
del alma.
Los más son
propios,
otros ajenos,
a veces
cósmicos, universales,
otros pequeños,
pero sin
solución.
Sí, lo mejor
sería
no tener alma.
Para no sentirse
obligada
a resolver
esas incógnitas
del sentimiento.
Porque quién la
convence
de que hay que
vivir tranquila
pase lo que pase
a otros
y que sólo
importan
verdaderamente
los problemas
propios.
SON LAS
OCHO y CUARTO.
HUELLAS de
presencias
guarda
el aire oscuro
de la habitación.
No entréis.
En el espejo
quedó
la sombra
de un hecho
trágico,
y enfoca al
suelo
sobre la polvorienta
alfombra
donde cayó
igual a una
campana fundida,
una campana
quemada.
Cada rincón,
el lecho,
guarda el
secreto
de intimidades
dramáticas,
el grito
sofocado,
la caricia.
La afrenta está
sentada
en un sillón a
contraluz.
No entréis.
Cada minuto,
cada milímetro
de este universo
es un enigma
antiguo.
SON LAS OCHO Y MEDIA
COMO suena el
teléfono,
cuando nadie lo
escucha,
cómo suena.
Desde el primer
timbrazo
ya se sabe qué
ausencia,
qué innúmera
presencia de frustrados
deseos y
señales.
Qué indiferente
tono del espacio vacío,
cosas
adormecidas,
sillones con la
huella
que había dejado
un cuerpo.
Se asustan los
futuros,
los pasados,
el presente
huye de esquina
a esquina
tapándose los
tímpanos,
moviendo las
cortinas y llenando
de vaho
angustioso
los cristales.
Su eco repiten
espantados espejos,
indiferentes
lámparas oscuras.
Cómo suena,
agranda su
repique como loca campana,
y en un acorde
alto
se calla,
defraudado,
impotente,
y un destino se
queda,
hilo roto,
flotando sin
objeto en el aire.
SON LAS NUEVE
¿LLEGO?
Más bien
apareció vacío
en la luz de la
puerta
como una sombra
ausente,
como un ayer
intruso
que tallaba
cuchillos en el rostro.
¿Volvió?
Tal vez fuera su
doble
elaborado en
sueños:
Un uniforme
hueco,
sudor, correaje
flojo y un bulto
en la mano,
acaso en el hombro.
¿Regresó?
Sólo regresa el
que una vez
partió hacia
dónde,
la guerra o el
exilio,
y vuelve intacto
con su alma a cuestas
a recobrar el
tiempo perdido.
No preguntes ya
más.
Así el soldado
dejó el bulto a
la entrada,
abrazó a sus
extraños,
se sentó ante la
mesa
y se quedó
mirando al frente,
ya de por vida
con sus ojos sin
mundo,
al frente,
siempre al frente.
SON LAS DIEZ MENOS CUARTO
LO mejor de mí
fue todo lo que
no llegó a ser.
Lo mejor de mí
fue lo que no he
vivido
o no tuve valor
de revelar,
sí la desdicha
de ocultar
por no saber
que aquello era
lo mejor de mí.
Extraña
confusión la de la vida,
cuantos más años
pasan
más profunda.
¡La
experiencia!
Decían los
mayores
cuando yo niña.
Pobres gentes
que hablaban
sin saber qué
decían.
La experiencia
no existe,
pues los hechos
no son
nunca los
mismos.
Y ahora,
que tengo el
porvenir ya puesto,
vuelvo la vista
atrás
y me asombro
de que el
intenso bloque de la vida
haya pasado
y sólo sepa que
lo mejor de mí
fue todo lo que
no fue.
SON LAS ONCE MENOS CUARTO
HOY he ordenado
los armarios
de la casa.
Cambié de lugar
el aderezo
de la bisabuela,
volví a doblar
la colcha
de la abuela,
y conmovida
acaricié
la sábana
bordada por mi madre.
Después de
alinear
amorosamente
camisas
de mi marido,
tan
simétricamente dobladas
y blancas,
y de haber
puesto mis guantes
en otra caja,
no encontré
por ninguna
parte,
por ninguna
parte,
a pesar de
haberlo revuelto todo,
de haberlo
desordenado
y vuelto a
ordenarlo todo,
todo,
no encontré
—¿quién me los
habrá robado?—
ni los pañuelos
de mis hijos,
ni los vestidos
de mis hijas,
ni los juguetes
de mis nietos.
SON LAS ONCE
LA hija que no
tengo
y la madre que
no tuve
se entienden
mejor que
conmigo.
En esta misma
habitación,
sus dos cabezas
casi juntas
bajo la luz de
la lámpara,
la una rubia,
la otra blanca,
conversan en voz
baja.
No puedo
adivinar lo que se dicen,
sin duda hablan
de mí,
la extraña.
Qué pueden ellas
reprocharme.
Que no soy fácil
de entender,
que me
impacienta su conversación,
que fuera de ellas
vivo,
inasequible y
rara.
Mi hermana se
acerca,
quiere aportar
su opinión
y sólo sabe
llorar su desgracia.
Nada me pueden
reprochar
si entre las
tres me conformaron
como ahora soy:
la extraña.
SON LAS ONCE Y CUARTO
Y
eso de marcharse sin saber,
después
de
haber intentado
descifrar
tantos símbolos,
acumular
datos
y
estudiar
relaciones
y consecuencias,
de
irse por la misma puerta
de
la carne acabada
dejando
el lujoso equipaje
que
se nos dio al nacer
gastado.
Pero
faltaban tantas cosas.
Se
nos dieron relojes
para
medir el tiempo,
pero
éste se contaba sin máquinas,
por
dichas e infortunios.
Se
nos dieron palabras
que
sólo servían para encubrir
la
extrema confusión
en
que se realiza
cada
existencia.
Se
nos dio noche y día,
luz
y sombra,
sueño
y vigilia,
la
facultad de amar,
de
callar
y
de odiar
o
de permanecer indiferente,
la
belleza,
el
horror.
Y
esto de marcharse,
solo,
sin
saber...
SON LAS ONCE Y MEDIA
LOS
autobuses del aeropuerto
estacionan
al pie de mi casa
en
el patio interior
de
la manzana.
Ahora
los veo desde arriba,
pues
están desmontando el tejado,
grises
y blancos,
uno
junto a otro,
abrigándose,
mientras
las heladas
caen
sobre el techo.
Y
las ventanillas
por
donde los viajeros miran
—cuántos
miles y miles de viajeros—
el
paisaje que van dejando
Muchos
melancólicos adioses
se
habrán quedado ahí.
Yo siento también
una
pequeña nostalgia
del
viaje que no he hecho a Vancouver,
porque
no hay duda de que alguien
que
viajó en uno de esos autobuses
llegó
después a Vancouver
entre
los bosques,
abetos,
pinos, hayas, abedules,
y
mucho frío,
caminos
en la nieve
entre
las casas de madera
habitadas
por personajes de mi niñez,
de
esos que corren aventuras
en
las novelas
de
James Oliver Curwood.
Hoy
siento gran nostalgia,
como
si aún no hubiera regresado
del
viaje que no he hecho a Vancouver.
Antología de poemas de Concha de Marco III
De Tarot,
1972.
VI
LOS
AMANTES
1
Hoy estoy tan
alegre
como si el mar
fuera mi propio cuerpo.
Pongo la mano
sobre el pecho y le escucho cantar
en continuadas
olas de armonía.
Esta mañana, a
las siete,
vibraba
silenciosa la luna allá en lo alto,
y mi amigo,
dormido,
soñaba en los
pinares de su niñez.
Y por qué tienes
esos ojos
y esa estatura y
ese pelo
y esas manos y
esa sonrisa
y ese ser como eres,
que viviendo a
tu lado
cuando por la
calle te encuentro
me parece un
milagro.
A veces te sigo,
vas pensativo,
juntas las manos
sobre la espalda.
Si hace viento,
despeina tu pelo blanco,
si llueve, te
vas mojando
como si la
lluvia no fuera contigo.
Y siempre
ecuánime, sereno,
con esa dignidad
de tu persona
y tanta
humanidad que te desborda.
Eres el árbol
a cuyo tronco se
abraza esta yedra
con más firmeza
cuanto pasan años.
Ternura de tus
horas para conmigo.
¿Qué hice yo
para merecer tanto?
2
Por qué lloras,
por qué,
hombrecito
delgado,
en la ancha
mañana solitaria de agosto,
con las tiendas
cerradas.
Te has puesto
una boinilla en tu anciana cabeza,
y un gran
pañuelo sin planchar y blanco
te llevas a los
ojos dulcemente.
Y me asombro de
la mansa serenidad de tus lágrimas,
pequeñas como tu
cuerpo y tu aflicción callada.
Te abruman los
cansancios, el del ocio,
el del gran
sabanazo tormentoso
de este cielo
sin nubes definidas, como tus penas.
Te abruman los
minutos que aún se arrastran
hasta que llegue
la hora de comer
y subir a tu
casa en donde te darán
un arroz sin
sustancia y un poco de pescado.
Te abruma la
inactividad,
el paso de tus
horas con las manos vacías.
Por qué lloras,
hombrecito delgado y solitario,
ese llanto sin
fuerza en un pañuelo blanco,
mientras paso
cargada de compras,
sin poder
detenerme
ni atreverme
a decirte tan
solo:
«¿Puedo remediar
algo de tu tristeza?»
EL DIABLO
1
No lleva
antifaz,
ni viste de
rojo,
ni se acerca
amigable preparando la trampa
En un amplio
despacho,
sentado ante su
mesa
de espaldas a la
luz
recibe a quien
presenta instancia.
Las palabras,
los silencios,
el ademán
nervioso de una mano,
todo se
registra.
Corto es el
diálogo,
pues el
peticionario
acepta las
condiciones requeridas
y firma.
Dicen que con
sangre.
Espíritu del
mal, activo y eficiente,
protege al
depravado,
concediéndole
honores y riqueza,
salud, felicidad
y larga vida.
La deuda ha de
pagarse
en una
problemática existencia,
pues el
infierno,
según las
investigaciones más recientes,
se ha convertido
en tema medieval.
EL DIABLO
2
No se acerca
espontáneo.
En un amplio
despacho,
sentado ante su
mesa,
de espaldas a la
luz,
recibe a quien
desesperado
ha presentado
instancia.
Las palabras,
los silencios,
el llanto,
la visión de
esos niños hambrientos
de enormes ojos y
vientres dilatados,
el resto un
pulpo de resecos huesos
y cabeza que
apenas puede ser sostenida por el cuello
nunca son
grabados,
tampoco la
peste,
ni el soldado
crucificado en la alambrada,
ni el ensartado
por las bayonetas
ante el regocijo
de los vencedores,
ni las entrañas
destrozadas por los buitres.
Protege al
depravado,
concédele salud,
felicidad, riqueza,
honores, larga
vida.
Y el infeliz de
limpio corazón castiga.
No podéis
invocarle, no os escucha.
Y somete al
espíritu indefenso
que teme su
venganza.
Contéstame, ante
ti estoy,
separada por la
solemne mesa de símbolos.
¿Qué hiciste con
aquella a quien yo más quería?
Sobrevive con su
resignación y en la esperanza
de una vida
mejor.
Pero el cielo,
según las
investigaciones más recientes
se ha reducido a
un tema medieval.
Antología de poemas de Concha de Marco II
De Acta
de identificación, 1969.
AMANECER
Por
las calles de Soria canta la lluvia
y
arranca del asfalto fugitivos espejos.
Hiela
sobre los sueños.
Cristalizan
las sombras de la mañana.
Un
carro, lento, pasa. El hombre
—gorrilla
y tapabocas, traje negro de pana—
conduce
tristemente, caminando sin prisa.
Rápida
y laboriosa suena una campana.
Huelen
humos lejanos en el monte.
Algún
pájaro pía, mañanero.
Abro
el balcón; amanece de nuevo.
El
día pasado se va alejando por cualquier camino,
arrastrando
los pies.
Y
allá abajo, encajado en sí mismo, el hondo Duero,
espeso
en limo, con sus juncos secos,
ajeno
a la llamada del mundo
que
el viento ondea por la orilla,
extrae
de la tierra la última sustancia del verano.
refleja
el esqueleto de los chopos y se pierde
desnudo
y solo por su cauce áspero.
CENTINELA
Qué miedo por la
noche,
sobre la tensa
tabla del río.
Los pájaros
callados, aúlla un perro lejano
—la rana cra-cra,
el grillo
cri-cri—
y el viento en
su caja guardado.
Qué miedo por la
noche.
Los fantasmas
espían en sus nidos.
Los ojos de las
hojas se han cerrado de sueño
—la rana
cra-cra,
el grillo
cri-cri—
y el frío
ocupando los huecos.
Qué miedo por la
noche.
El agua espesa
como el mercurio.
Ahogados
navegando a ras del fondo
—la rana
cra-cra,
el grillo
cri-cri—
a romper a los
pies de San Saturio.
Esta es la
huerta de la orilla del Duero,
en el Golmayo,
entronque de ambos ríos,
esparcida de
verde en primavera,
anegada en las
lluvias del invierno,
con un furioso
perro atado a un árbol viejo
y una casa de
tejas destrozadas
donde anidan
jilgueros y palomas.
En el muro del
sur, y protegido
por el calor del
sol al mediodía,
se apoya un gran
montón de ramas secas.
En el frente,
residuos de las cosas más extrañas:
Una cazuela
rota, ruedas de ya perdida geometría,
un zapato de
niño, acartonado, pero, junto a la puerta,
pulida y
reluciente, la guadaña.
IV
Nunca he llamado
a puertas,
nada voy
pidiendo.
Si algo me dan,
con gratitud y
fidelidad lo pago.
Nunca mendigué
amor,
nadie me revolcó
en cualquier esquina,
no sé lo que es
un lecho amancebado
ni mendigué
amistad ni beneficio.
Voy caminando
siempre entre murallas
como los
asesinos o los locos,
apátrida de todos
los países,
extranjera en la
tierra en que nací,
sólo me queda mi
raíz antigua.
Mi abuelo
paterno, Manuel, pastor,
nació en
Baltanás,
a los veinte
años aprendió a leer.
Los ojos de los
lobos
refulgían de
noche cuando niño,
acechando al
rebaño en el aprisco.
Su mujer. Juana
Santamaría,
de saya negra,
de cara enjuta,
la más digna que
conocí en mi vida.
Hablaba poco. Me
enseñó a hacer calceta
con dos
horquillas y una lana verde.
Mi abuelo
paterno, Elías, alto y gallardo,
el salinero de
Medinaceli.
La otra abuela
Concha se llamaba,
tuvo doce hijos,
salón con consola,
sillas tapizadas
de púrpura y raso.
Mi padre,
Mariano, de junto al Esgueva,
logró salir de
la tierra,
darnos carrera a
tres hijos
en una casa como
un campamento,
morir solo,
pobre, lleno de amargura.
Y mi madre,
Concha, nació en Soria,
me dio a luz a
los veintitrés años
y murió llorando
dos años después.
Antología de poemas de Concha de Marco I
De Acta
de identificación, 1969.
SE ESTA
EXPERIMENTANDO UN CORAZÓN ARTIFICIAL
Cómo vas a
llorar en ese día
que la angustia
comprima tus arterias
y émbolos
insensibles funcionen sin saberlo.
Cómo vas a gozar
cuando el sentido
abarque en alto,
luminoso instante,
la significación del
universo,
juntas las
penas y las
alegrías,
si tu existir está servido
por mecanismo de
metal y vidrio.
Vas a poder
dormir con ese ruido
o pararás el
corazón al sueño
remuriendo tu
muerte cada día.
Podrás sobrellevar
la aterradora idea
de tu sangre
estancada por la noche,
fermentando en
las venas sin vigor,
los capilares
del cerebro ciegos,
los sueños de
cadáver flotando en tu conciencia,
el rezumar
secreto de los órganos.
¿Por quién serás
resucitado con el sol
al mover la
clavija del autómata,
lázaro
cotidiano, por qué Dios?
LOS
MATEMÁTICOS DEL MUNDO PROTESTAN POR LA GUERRA
EN EL VIETNAM
Que las cuentas
no salen, señores del Imperio.
En Indochina se
rebelan hasta los cardinales.
Rebasan el papel, reúnen sus guerrillas en la selva
Vestidos con
minúsculas prendas. Uno cuenta por mil
y mil por uno en igual
voluntad de permanencia.
Os podéis sumergir
hasta el delirio
en la profunda
sima de los quanta,
elevar hasta
límites contrarios
a distancias de mil kiloparsecs,
ahogaros sin
aliento entre unidades angstrom,
plasmar en
fórmulas el angular momento,
en fórmulas fijar el tiempo-espacio,
y manejar el Rayo de Creación del universo.
Las cuentas ya
no salen, se alargan integrales,
enredan su
incremento, prosperan con furor,
borran los
mapas, su potencia numérica
aquilata la
culpa.
Volando en el espacio,
pesados
logaritmos de la fuerza,
a los números
simples, inocentes,
reducís a la
última sustancia.
Pero el mundo
está lleno de potenciales cifras,
exactas magnitudes
que no fallan; amañadas las vuestras,
homicidas,
sabéis bien que no cuadran.
LIBROS
NUEVOS
Hay que estar
callado, no hables tanto,
deja de afirmar
tu existir con las palabras,
son igual a ese
humo que se aleja.
Haz algo, crea.
Algo que
fortalezca a los demás
y cuando tú te
vayas permanezca.
Verdaderas
palabras, el mensaje
que puedan
entender generaciones nuevas,
y les ayude a
sobrellevar
el peso de la
escoria que gravita sobre ellas.
PETICIONES
DE MANO
Venía de misa,
bajo su paraguas,
Como era en
principio.
Entraba en una
tienda de los portales,
El pan nuestro de cada día dánosle hoy.
Su pelo gris y
sus dientes sucios,
un libro en la
mano, de canto dorado,
El Señor es
contigo.
Triste sonrisa
colgada de los años que se fueron,
pingües de dejaciones y paciencia.
Hágase tu voluntad así
en la tierra como en el Cielo.
Amores quemó muchos,
imposibles y ocultos,
ninguno cierto,
ninguna mano atenazó la suya con apremio.
No nos dejes caer en
la tentación.
Patética sonríe,
pronunciando
palabras sin
valor, preguntas
que no esperan
respuesta,
con monjil vocecilla
de falsete,
asustada, tras
su inútil sonrisa,
de los ojos ansiosos
que devoran su semblante marchito,
y un caudal
angustiado, incontenible,
de la sustancia
anónima del alma penetra removiendo
las aguas
pantanosas, el charco consumido
de la rutina
triste de sus días.
Ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
CRIMEN
PASIONAL
Te quiero tanto,
tanto, que sueño con matarte,
y derramo sangre
para nacerte luego,
mi ávido corazón
amparando tu cuerpo
corrompido
en desvanes de
rojo terciopelo.
Después entras
en casa, levantas a los pájaros
y yo salgo, admirada
de tenerte de nuevo,
a rodear con mis
brazos tu presencia huidiza
y besar la
mejilla que se escapa a mis dedos.
Y tengo que
matarte para que estés conmigo,
amante y
alejado, extraño y conocido,
seguro de tus
actos, consciente de tu fuerza
dilapidas
sustancias que no te pertenecen.
Yo, en cambio,
he de sufrir para
que el mundo siga,
para que tenga objeto
el sol que se levanta,
para que se
desenvuelva la rueda de los días,
y otros,
fuertes, distantes, seguros, la conduzcan.
Qué día fue aquel,
cuándo y en qué tiempo,
no hay bastantes lágrimas para llorarlo.
Cada nota
arranca un sollozo a mi cuerpo
en la tarde de marzo.
Cuándo fue y en qué siglo y en qué año,
quién cogía mi mano en despedida,
quién lloraba mi ausencia,
dónde está aquel pañuelo agitado en el aire,
qué niebla se enredaba entre los árboles,
cuál sería el
perfume de aquella habitación
entre cortinas, de qué
color.
Quién era, a dónde partía
y dónde estaba
yo, con qué carne y qué alma.
Únicamente sé:
Las lágrimas que
vierto eran las mismas lágrimas.
EL TEATRO
Es una eternidad
para un momento.
La espera de horas largas
devana lenta y
sola su madeja,
sobre la imagen
próxima entreteje
fastuosos
atributos de riqueza.
Las naranjas
maduran y se incendian
en los azules
muros de la tarde,
un piano avanza lento
sobre una partitura,
bandas de
golondrinas se vienen y se alejan.
Oigo su voz que llega, una puerta se abre,
Rápidos unos
pasos se acercan a la mía,
verde vara de olivo
cae sobre mi mesa,
y aquellos ojos, de lo profundo a mi raíz, me
miran.
Nunca lo imaginado, las
palabras
son tan distintas
de las aprendidas.
Sólo noches, tinieblas
y desiertos,
la ciega superficie
de unas aguas sombrías.
EL CINE
Mujeres viejas, tristes,
en cines de barrio casi vacíos,
aposentadas en
filas primeras,
a menudo
suspiran
rezumando
aguadas lágrimas de tedio
por sus pieles
resecas, sus ajadas
ropas,
y se emocionan
con la historia que pasa
en el
cinemascope de caramelos de menta:
La millonaria
rubia titilante de oro
y el esquivo
galán tan atrayente.
En sus rostros,
donde cincela el tiempo
el sello
inconfundible del vacío mental,
a veces se
perciben ráfagas de conocimiento,
locas de miedo a
vivir demasiado,
o a morir mañana,
a la enfermedad
de solemne aparato,
al catarro que acecha en la ventana abierta,
a la herida en el dedo,
al alimento en malas condiciones,
miedo de vivir la propia vida, y un deseo:
El anhelo brutal
de arrebatar algo de las ajenas.
¿ESTÁ USTED SATISFECHO DE
SU EMPLEO?
Alguien pasa, manos en los bolsillos,
los hombros
encogidos en actitud de frío,
silba entre
dientes quién sabe qué canción.
Sendero en el
desmonte zigzaguea,
las piedras
atirantan jirones de la niebla,
dos se persiguen
rijando de placer
a la pálida luz
de un horizonte
de tanques de
petróleo, chimeneas y alambres.
La tierra se
despierta, entre basuras,
un perro cojo y
tuerto busca su ración.
Diciendo buenos
días el guarda de la fábrica,
enciendo el eco
días en ondas graves,
arrastradas en el aire mustio,
y chocan
blandamente contra muros,
contra el cristal de las ventanas.
Las luces
encendidas en los hangares
iluminan las máquinas vigías.
Su ruido mece el sueño del bloque de viviendas
protegidas,
pardos cajones de ladrillo
con suficientes ventanas para respirar.
Graznan una tras otra las sirenas;
el pálido horizonte no se mueve.
Ahora empieza a chascar la gran trituradora,
la rueda del trabajo se pone en movimiento.
Hombres cansados, mujeres riñendo.
Cunde la niebla sucia, entreabre la mañana
sus gastadas cortinas de color gris azul.
Vuela un papel pudriendo sus mentiras.
Monótono rumor escapa de las fábricas
al devanar las vidas maquinales, los sueños incumplidos
y el porvenir seguro de los débiles.
EXTRANJEROS
APÁTRIDAS
Vamos soltando
amarras, compañero,
un día tras otro
abandonados
cabos surcan la corriente
y caen al fondo.
Vamos soltando
amarras, deshaciendo lazos
con sangre atados,
trenzas de
juventud y de esperanza
ya sin arraigo.
Vamos soltando
amarras, las más duras
se desgarran con furia
para que se
hundan como peso muerto
en el agua
turbia.
Vamos soltando
amarras, compañero,
sólo nos queda una:
la hebra de amor y
llanto que entrelaza
mi existencia y
la tuya.
MURIÓ A LOS VEINTICINCO AÑOS
Niña, madre,
reflejo de mi imagen,
perdida la mirada más allá
del vago aroma
de unas flores secas
hacia un lejano
paisaje interior.
Madre, niña,
miro mis rasgos
envejecidos
en la tersura de
tus mejillas,
en el pliegue
inocente de tu boca.
Tu pelo se me ha
puesto blanco,
mira cuántas
canas.
De aquel entonces sólo
queda una trenza
de cándido color
castaño claro,
envuelta en
quebradizo papel de seda.
Niña, madre,
la blusa que
llevabas,
absolutamente antiestética,
aún
rodaba hecha trizas
por los baúles de la
casa vieja,
con ballenitas
sosteniendo el cuello
y un canesú muy
feo sobre el hombro.
Madre, niña,
dónde estarán
las flores polvorientas
que sostenías en
mi mano,
dónde el telón
de fondo
mentidor de
palacios y jardines,
jarrones en que
se desbordaban rosas blancas,
y esa mano,
esa mano
permanente,
el pensamiento
ingenuo,
el seno que me
acogió después.
Madre, niña,
tiemblo hasta
las raíces de mi vida
si intento
penetrar en el misterio
de este cristal
espejo que protege una sombra.
Ahí quedaste,
doblada la
cabeza melancólicamente
escuchando un
futuro que fluye y se prolonga
más allá del
desierto de tu carne,
a través de este
cuerpo en que te estoy viviendo.
APRENDA A
DIBUJAR
Yo voy trazando
imágenes de tiza
que el viento borra,
sobre suelos
distintos, sobre papeles blancos
que la lluvia
moja.
Voy trazando mi
imagen dondequiera que voy,
a veces hasta
creo que es completa,
y me encuentro a
la vuelta del camino
la misma imagen
incorrecta.
Voy trazando mi
imagen en espejos,
afilando mis
uñas sobre puertas cerradas,
y cada día
vuelvo a grabar con sangre,
confusa e
imperfecta, mi silueta gastada.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)